México en Estado de guerra

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  • Han impuesto una cultura del terror sosteniendo que se requiere de “seguridad”
  • Pero la seguridad es un estado mental. Tener un soldado al lado poca seguridad consigue ¿quién nos protegerá de éste?

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Javier Pulido Biosca

Revista Raíces

Hoy en día se libran dos guerras notorias en México, ambas no parecen ser vistas ni por políticos, menos por empresarios y nada por los medios masivos. El pueblo mexicano, como siempre, está en el centro del fuego cruzado sin darse cuenta siquiera.

Por un lado está la gran guerra del gobierno central en contra del pueblo; la guerra de los tres poderes de la unión contra los habitantes de México: a los trabajadores les hicieron una reforma laboral para que tengan que aceptar el mini–salario sin pedir ninguna seguridad social, ninguna formalidad laboral y que acepten ser cesados sin cobrar apenas por los despidos injustificados.

Al magisterio lo burocratizaron al máximo con el pretexto de una reforma educativa que en nada mejora la calidad de la educación y sí vulnera al gremio magisterial.

Una reforma energética puso en las voraces y turbias manos de privados los enormes recursos de petróleo, electricidad y energía nuclear que tiene México.

Todo en contra del pueblo de México. Como la reforma financiera que permite a la banca cobrar intereses sobre los intereses, forma de usura que se llama anatocismo en el lenguaje legal y que fue avalada por esa Corte Suprema que más parece la “tremenda corte”.

Las consecuencias de todo esto han empobrecido a la mayor parte de los mexicanos y regiones del país tardarán varias décadas para recuperar su salud económica y social o, podría ser que nunca lo consiguieran.

Para forzar a que los inconformes se abstengan de oponerse se siguió una fórmula sencilla: militarizar el país para amedrentar a los ciudadanos con el pretexto de una pretendida lucha contra supuestos “traficantes”, que siempre se ha sabido que son las propias policías y fuerzas castrenses las que controlan eso.

Y esa militarización del país no es otra cosa que un estado de guerra encubierto, cosa que se legalizará en la ley de “seguridad interior” próxima a aprobarse por senadores que, sin escrúpulos e ignorando los tratados, pactos, convenios y acuerdos internacionales, aplauden lo que les manda aquel al que llaman “jefe”.

Una ley anticonstitucional que avalará la Suprema Corte, cuyos privilegios paga el pueblo de México para que decida en contra de los mexicanos y las leyes que les deberían proteger.

 

Cultura de la guerra

La segunda forma de guerra es menos visible aún y, por ello es más dañina, es la imposición de una cultura de la guerra, en la que se genera el terror frente a los propios vecinos, amigos, compañeros de trabajo, representantes públicos, guardianes de orden.

Esto se hace a través de los medios de comunicación que descalifican al que busca un cambio verdadero, al que quiere devolver su riqueza a los trabajadores y a las micro, pequeñas y medianas empresas.

Una cultura de la violencia que llena de terror a los habitantes frente a todo posible cambio que, en la situación actual, cualquier cambio sería para mejorar.

Una cultura de la violencia que es, también, una violencia contra la cultura, entendiendo con este término “el conjunto de rasgos distintivos, espirituales, materiales, artísticos, intelectuales y emocionales que caracterizan a un pueblo, sus modos de vida, valores, tradiciones y creencias; además, cualquier manifestación de la creatividad humana, objetivada en las artes, elaboración, descubrimiento, reflexión, interpretación o invención, destinada a enriquecer la vida, el desarrollo social, la educación y el equilibrio ecológico”, según lo define la ley 921 para el desarrollo cultural del estado de Veracruz.

Todos esos rasgos distintivos que caracterizan a un pueblo, así como sus modos de vida son alterados mediante la imposición de criterios estéticos y de convivencia que vienen dados a través de los medios masivos de comunicación, como una estrategia para que los mexicanos pierdan su identidad y la confianza en sus tradiciones a fin de que sean reinterpretadas por los grandes consorcios que controlan el mercado de la cultura.

Esta guerra contra la identidad mexicana y su reemplazo por una identidad fabricada es la más profunda de las guerras que libra el gobierno contra el pueblo de México.

Siendo así las cosas, el estado de guerra en México, que implica la desaparición de todas las garantías legales y los derechos humanos, eslo que define, hoy en día, al Estado mexicano.

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