República de la extrema pobreza

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Plano Inclinado

Javier Pulido Biosca

Siendo México uno de los países más ricos del orbe, la mayor parte de los pobladores vive condiciones de pobreza que nunca se consideró que fueron posibles para un país con la abundancia y variedad de recursos como los que tiene el país del águila y la serpiente.

Y surge la pregunta: ¿cómo se empobreció México?

Después de buscar el hilo conductor en sucesivas “crisis”, “devaluaciones”, “deudas públicas” y otros factores técnicos largos de detallar pero que permiten ver la manera como se convierten en riqueza para unos y pobreza para muchos, nos dimos a la tarea de ver cómo es que las riquezas petroleras se volvieron humo y la empresa, que es la novena petrolera del mundo, carece de recursos para invertir, por lo que tiene que invitar a compañías, muchas de ellas de menor dimensión, para que lleven a cabo la inversión.

También las riquezas mineras del principal país productor de plata y el que tiene la mayor mina de oro del globo, nunca se ven reflejadas como riqueza para los pobladores. Lo mismo sucede con las enormes maquilas de automóviles que llevan a cabo las grandes empresas multinacionales para las que hasta ahora hay sólo una empresa mexicana productora de monobloques para motores.

Y todo apunta hacia un rumbo: deficiencias en la administración pública. Pemex paga impuestos de alrededor del 60% de sus ingresos brutos, tasados antes de considerar las ganancias. Con su 40% restante se ve obligado a pagar sus costos de producción y a invertir en nuevos proyectos. Ninguna empresa del mundo tiene capacidad para tanto, excepto Pemex.

Como contraparte, la minería, completamente en manos de empresas privadas, la mayor parte con sede en Canadá, paga cada una de ellas tan sólo 5 pesos al semestre por concesión, sin importar el volumen o el metal que produzcan y, de las 832 concesiones mineras sólo producen 31 de ellas, las demás son usadas en la especulación bursátil.

Son estas asimetrías un factor de pobreza, pues ni las empresas invierten, sino especulan, como las mineras, o las fórmulas incoherentes les impiden invertir, como Pemex.

A esto se agrega una clase política extremadamente costosa e ineficiente. En esto son para destacarse los elevados salarios, dietas y compensaciones que reciben los servidores públicos de elección popular: diputados, senadores, gobernadores, alcaldes y regidores que forman una costosa capa de la población a la que tiene que mantener el esfuerzo y productividad de las empresas, tanto públicas como privadas.

Para gran parte de los pobladores es fuente de indignación saber que no hay dinero para medicamentos en las instituciones de salud pública pero en cambio sus diputados se llevan cada uno casi 200 mil pesos mensuales y, cuando enferman, no acuden a las clínicas del ISSSTE, como todo servidor público, sino que la legislatura, con dinero del pueblo, les paga los mejores hospitales privados y los medicamentos más costosos. Además llevan sustanciosos bonos de retiro y pensiones vitalicias de puestos que no debieran ser siquiera considerados como contratos, ya que el contratante es el pueblo de México.

¿Qué pasaría si esa clase política adelgazara sus gastos y se dirigiera el ahorro a las empresas públicas? Tal vez Pemex fuera más productivo y todas las empresas públicas tuvieran mayor margen de maniobra para no caer en austeridades y ahorros mal entendidos, sino en mejoras productivas cada vez mayores.

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